Por eso nuestro trabajo no consiste en corregir adolescentes, sino en comprenderlos. Entrar en su mundo, entender cómo viven lo que les ocurre y ayudarles a encontrar una forma más sana y auténtica de relacionarse consigo mismos y con el entorno que les rodea. Validamos su experiencia —demasiadas veces, minimizada por el mundo adulto— y trabajamos para traducir aquello que muchas veces ni ellos mismos saben expresar.
Cuando es necesario, también implicamos a las familias. Porque el adolescente no existe aislado: crece dentro de vínculos, dinámicas y formas de comunicación que pueden sostenerle o bloquearle.